No necesitan necesariamente afeitarse la cabeza; han creado corporaciones, compañías de distribución, clubes de música, revistas, casas editoriales, sitios en Internet y han reemplazado la vieja simbología por otra nueva.
En el mundo global en el que vivimos, los fomentadores del odio han encontrado en Internet la herramienta idónea para avivar los viejos rescoldos casi apagados para propagar sus ideas a países tan dispares como Estados Unidos, Suecia o Rusia. Lo más increíble es que, para los seguidores más jóvenes, todos los sufrimientos del pasado son una especie de historia virtual e irreal.
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